Diseño Urbano

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09 de diciembre de 2015

Las calles como arterias: más allá de la norma


Existe otra manera de pensar un barrio, que implica realizar acciones complementarias a la norma exigida, para crear una red vial articulada que permita conectar eficiente y armónicamente todos los sectores que lo componen.

De acuerdo a la Ley General de Urbanismo y Construcciones, todo proyecto de gran escala debe compensar el impacto vial que causará en la ciudad que lo rodea. Para ello, deben presentar un Estudio de Impacto sobre el Sistema de Transporte Urbano (EISTU), que indique las medidas de mitigación por los efectos generará, los cuales abarcan a obras de gestión de tránsito, generación y/o ensanche de calles, instalación de semáforos, creación de nuevas vialidades, instalación de puentes, etc.

Sin embargo, este estudio tiene algunas debilidades: primero, está orientado primordialmente a los automóviles particulares para calcular las medidas de mitigación necesarias y, segundo, no se considera un análisis más profundo en el sentido de optimizar el flujo peatonal, la necesidad de ciclovías o las conexiones con el transporte público. Más aún, muchos desarrolladores aprovechan los vacíos legales existentes para eludir la necesidad de realizar el EISTU, como por ejemplo en el caso de construcciones destinadas a vivienda, donde construyen hasta 249 estacionamientos, ya que el estudio es obligatorio con 250 o más. En resumen, la práctica impide una solución global de transporte para el automovilista, peatón y ciclista.

Calles como espacio público efectivo

Es necesario recordar que las calles son en proporción el mayor espacio público de nuestras ciudades. En este contexto deben jugar un rol fundamental en la estructuración de este espacio, de manera de cambiar su paradigma y convertirse en verdaderas columnas vertebrales para las comunidades, generando mayor inserción, traspaso cultural y una nueva forma de vivir la ciudad, más allá de las plazas y parques, con veredas planificadas para ser buenos puntos de reunión.

En este sentido las calles, como espacio público, no deben ser proyectadas solamente como medida de mitigación de un proyecto vial, sino que deben ser concebidas para que coexista transporte público y privado, comercio, peatones, ciclovías, áreas verdes, etc., de forma que permita a las comunidades generar un cambio en la manera de habitar y vivir la ciudad, realizando actividades sociales y culturales en las calles para permitir mayores instancias de encuentro que fortalezcan la cohesión social y el sentido de pertenencia.